Ítaca, la mítica isla de Ulises
Poco importa que su superficie sea de unos 120 km2, que las aguas jónicas sean cristalinas de cerca y turquesa claro desde la distancia o que el perímetro de la isla esté bordeado de playas soli...
Poco importa que su superficie sea de unos 120 km2, que las aguas jónicas sean cristalinas de cerca y turquesa claro desde la distancia o que el perímetro de la isla esté bordeado de playas solitarias y encantadoras; lo crucial es lo emblemático que resulta que sea la patria del protagonista de La Odisea y La Ilíada, historias que aluden a la sociedad micénica que se desarrolló en la Edad de Bronce tardía.
Apacible y apartada, Ítaca, con un territorio caracterizado por sus paisajes rocosos con abundante vegetación con olivos, cipreses, pinos, robles y algarrobos, es solo una de las formidables islas diseminadas frente a la costa occidental de Grecia continental, junto con Zákinthos, Corfú, Cefalonia, Lefkada y Paxos. Un archipiélago muy placentero.
Itháki (en griego: Ιθάκη) representa seguramente uno de los ejemplos donde el mito parece convertirse en verdad y se prolonga a lo largo de los siglos por el valor simbólico dentro de la literatura clásica. Los viajeros llegan atraídos básicamente por la leyenda del personaje, así como pasa con el balcón de Julieta en Verona o la casa de Sherlock Holmes en Londres o la utópica ciudad china de Shangri-La.
Es más, la expresión “¡Una verdadera Odisea!” es sinónimo mundial de vencer difíciles travesías o superar fuertes dificultades desde hace siglos. Las obras homéricas datan entre el 750 y el 730 a.C. y Ulises (la versión latina de Odiseo) sigue vigente porque también se lo cita cada vez que se habla del fantástico Caballo de Troya, dado que fue el creador de la estrategia militar griega de regalarles un inmenso equino en señal de ofrenda de paz a los enemigos troyanos. Otra leyenda, aclaremos.
Los isleños, convencidos de las menciones geográficas como verosímiles del relato ficcional, buscan conectar a los visitantes con la aventura imaginaria, empezando porque la única manera de llegar es por mar y nuestro héroe fue un gran navegante.
Los guías de turismo itacenses pueden indicar la bahía de Forcis como el punto del desembarco de Ulises a su regreso tras veinte años de ausencia, la Cueva de las Ninfas como el refugio rocoso donde ocultó tesoros o el promontorio con vista al mar donde se dice que estuvo el palacio del rey de Ítaca y hoy se halla la llamada Escuela de Homero, al norte de la isla.
La pieza evocativa más concreta, que representa a Odiseo y las sirenas, está pintada en un stamnós (recipiente cerámico para vino o agua) con figuras de estilo ático de finales del siglo V a. C.. Lo muestra atado al mástil mientras tres ondinas revolotean −antes eran un híbrido de mujer y ave− y los tripulantes reman con los oídos tapados. Aunque, como sucede muchas veces, no está en Ítaca, sino que se exhibe en el British Museum.
Los sitios convocantes de la isla jónica“¡Feliz quien, como Ulises, ha hecho un largo viaje…!”, sentenció el escritor francés Joachim du Bellay (1522-1560), integrante del renombrado grupo poético La Pléyade. Aunque vaya a saber si el refrán es válido en razón de que el héroe mítico tardó una década en regresar transitando peripecias dramáticas y Penélope padeció su ausencia. Una resiliencia a prueba de todo.
Por su parte, el griego Konstantínos Kaváfis parece concordar con el francés: “Cuando emprendas tu viaje a Ítaca / pide que el camino sea largo, / lleno de aventuras / lleno de experiencias…”. En fin, habrá que pensar que el viaje es siempre una experiencia y a la vez una metáfora del discurrir de la vida.
Pero volvamos al contexto terrenal. La hermosa Vathi es la capital y principal localidad y puerto de la isla, con construcciones de notable influencia arquitectónica veneciana a lo largo de calles estrechas y sinuosas pasando por casas hechas de piedras. Hay cafés y restaurantes coloridos y, como debía ser, aquí está emplazada la estatua de Odiseo. Es dual: de un lado está erguido y mirando el mar, y del otro lado se lo ve cansado y remando.
Poco más allá, en la plaza, está el busto que rinde homenaje a Homero; mientras que en la bahía se aprecia el pintoresco islote Lazaretto, de apenas 60 metros, con la iglesia del mismo nombre y donde también funcionó antiguamente un hospital de enfermos de peste y una cárcel.
Subiendo, en el monte Aetos (cerca del puerto), las atracciones son los escasos vestigios de la primitiva acrópolis de Alalkomenes (de unos 800 a. C.), el supuesto castillo de Odiseo según los lugareños. En tal sentido, un arqueólogo alemán, Heinrich Schliemann −famoso por sus descubrimientos en Troya y Micenas− halló aquí monedas de bronce con la cabeza de Ulises y la inscripción Ithakon, lo cual revela que desde siempre el mito buscó ser tangible.
Otra parada ineludible, ideal para quienes aman el trekking es la Cueva de las Ninfas, en la cima de una colina sobre la bahía de Dexia (cerca de Vathi). Se trata de un yacimiento arqueológico en una oquedad de estalactitas y estalagmitas donde se han rescatado pequeñas figuras de ninfas y restos de un probable altar. Estas sí pueden verse en el museo local.
La gruta está mencionada en La Odisea como el escondrijo donde el viajero ocultó unos regalos valiosos que le hicieron los feacios (un gentilicio ficcional de una población inexistente) a su retorno a casa: oro, vasijas, calderas, túnicas y mantos.
Del mismo modo que convoca la Cueva de Loizos, en la zona del pueblo de Stavros, que fue muy activa en la era micénica y donde se hallaron fragmentos de una máscara de barro del siglo I o II d. C. con un epigrama: Eyxhn Odyssei (“oración a Odiseo”).
Otro tanto se vive en el yacimiento de Agios Atanasios, llamado también Escuela de Homero, donde tal vez hubo un santuario dedicado al navegante, aunque no existen pruebas de que el poeta enseñara allí por más que se alcen elevadas murallas.
Entregarse a la seducción mediterráneaPero no todo está atado al proverbial rey de la isla de Ítaca. No se pueden soslayar las magníficas playas, como Gidaki, en la costa este, con piedritas blancas, respaldada por exuberantes colinas y estupendas vistas del Mar Jónico. Nadar aquí es una experiencia fabulosa, así como entregarse al snorkel tras la suave pendiente y contemplar los peces.
Asimismo, son estupendas otras opciones solitarias y donde solo se llega embarcado, como la privilegiada, oculta y pequeña Ammoudi, a unos 10 minutos de navegar desde Polis. Una vivencia memorable es sentir los cantos rodados blancos bajo los pies y bajar en las aguas turquesas traslúcidas.
Lo mismo acontece en Afales, una bahía del norte, con varias playas aisladas con cierta belleza salvaje con acantilados. En tanto que a Filiatro se puede llegar con el coche pasando por el pueblo. Los árboles llegan casi hasta el mar para cubrirse a la sombra, aunque solo tiene 50 m y un chiringuito para comprar algo de comer o una bebida.
Como parte esencial es el placer, hay actividades prometedoras. Por ejemplo, en Vathi, la organización Odyssey Outdoor Activities, apasionados por la Naturaleza, fusionan lo histórico con el disfrute, en un escenario apto para trekking y sobre todo para lo marítimo por las asombrosas formaciones rocosas submarinas. “Por lo general, los grupos con los que trabajamos, eligen excursiones de snorkel o de kayak o refrescarse fácilmente dándose un chapuzón. Y, por supuesto, resulta tentador hacer paddleboard o submarinismo”, dijo George Lilas, integrante del emprendimiento turístico, a LUGARES.
Los traslados más habituales son con ferries que llegan a alguno de los tres principales puertos: Piso Aetos, Vathi y Frikes, partiendo de las vecinas Cefalonia (30 min) o Lefkada, en tanto que la conexión con la parte continental es por medio de los puertos de Patras (4 horas) y Astakos (3 horas).
Si bien hay investigaciones y estudios que dudan que Ítaca haya sido el terruño de nuestro protagonista −alegando descripciones geográficas o tiempos de periplo marítimo en barco− lo cierto es que seguimos creyendo en que fue aquí. Sin embargo, al fin de cuentas, el viaje jamás existió. Por lo tanto, lo mejor es entregarse al ejercicio del viaje (que es lo que narra La Odisea) y coincidir con el genial Umberto Eco: “El turista que acercándose hoy por mar a Grecia contempla Ítaca a lo lejos, experimenta una emoción ‘homérica’”.
Del mismo modo que diversas piezas literarias dan por sentadas las peripecias y varias obras de arte lo refrendan y extienden la celebridad. Es lo que sucede con el icónico capítulo dedicado a “Ulises y las sirenas”, quien resistió el subyugante canto de las bellas féminas, cuya temática se plasma en un bello mosaico antiguo o los cuadros del francés Léon y del inglés John Waterhouse.
Así como la aventura homérica inspiró también los versos de la Odisea de Nikos Kazantzakis (el de Zorba, el griego), un volumen de Derek Walcott o la celebérrima Ulises, de James Joyce. Y más cercanos... el poema Odisea, libro vigésimo tercero, de Jorge Luis Borges, contenido en su volumen El otro, el mismo, donde relata la noche del reencuentro amoroso del rey con Penélope, que lo esperó veinte años. Asimismo, un importante complejo teatral porteño se llama precisamente Ítaca (en el barrio de Almagro), donde acaba de estrenarse El otro Ulises, de Nerio Tello.
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