La agricultura y la lección de Juan Salvo
Evolutivamente, la agricultura es una estrategia en la que una especie pasa de la simple recolección o caza a intervenir activamente en el ciclo de vida de otra especie. Este proceso establece una...
Evolutivamente, la agricultura es una estrategia en la que una especie pasa de la simple recolección o caza a intervenir activamente en el ciclo de vida de otra especie. Este proceso establece una interdependencia que asegura un suministro de recursos para el agricultor y garantiza la supervivencia de la especie intervenida. La intervención puede ser a través del cultivo, en el caso de vegetales, o la cría, en el caso de animales. Hace unos 11.000 años, la humanidad aplicó por primera vez esta estrategia, dando lugar a uno de los acontecimientos más importantes de su historia, quizás el más decisivo por la importancia de sus consecuencias.
La agricultura, al sustituir paulatinamente el modo de vida del ser humano de cazador-recolector a formas de vida sedentarias, sentó las bases para la aparición de la civilización. Este cambio implicó no solo una transformación en las estrategias de subsistencia, sino también en la organización social, ya que permitió la acumulación de excedentes, el crecimiento demográfico y la especialización del trabajo. A su vez, estas condiciones favorecieron el surgimiento de aldeas y ciudades, el desarrollo de instituciones políticas y la consolidación de estructuras económicas complejas.
Medio Oriente –con sus cultivos de trigo y cebada y la domesticación de animales– fue el primer escenario donde la humanidad desarrolló la agricultura. En los milenios siguientes, esta práctica surgió de manera independiente en otras regiones del mundo. Entre ellas: el cultivo del maíz en Mesoamérica, el del arroz y la soja en el oriente continental de Asia, el de la papa en los Andes centrales y el del sorgo en el África subsahariana.
Entre los asombros que nos ofrece la biodiversidad, se encuentra el hecho de que las hormigas ya habían desarrollado la agricultura hace unos 60 millones de años. Las hormigas cortadoras de hojas, grupo que se remonta a esa antigüedad geológica, constituyen uno de los ejemplos más sofisticados de agricultura no humana, especialmente en los géneros actuales Atta y Acromyrmex. Estas especies son cortadoras de hojas, pero no consumen el material vegetal que recolectan, sino que lo utilizan como sustrato para el cultivo de hongos específicos dentro del hormiguero, los cuales son su principal fuente de alimento.
El proceso implica la recolección de fragmentos vegetales, su procesamiento en forma de pulpa y su uso como sustrato del hongo, cuya domesticación ha alcanzado tal grado que muchas de estas especies de hongos ya no pueden sobrevivir independientemente de las hormigas. Asimismo, estas hormigas mantienen sus cultivos mediante la eliminación de contaminantes, la segregación de desechos y el uso de antibióticos naturales producidos por bacterias que viven en sus cuerpos, lo que representa un sistema de control de plagas.
La colonia –el conjunto de individuos– presenta una organización social del trabajo estructurada en castas diferenciadas: las nodrizas, que cuidan los huevos, las larvas, las pupas y alimentan a la reina; las jardineras, especializadas en el cultivo de hongos; las obreras, encargadas de recolectar hojas, y los soldados, que transportan cargas pesadas y cumplen funciones de defensa. En algunas especies existe, además, una casta dedicada a la disposición de los desechos orgánicos. Esta división del trabajo presenta una cohesión operativa entre los distintos niveles funcionales de la colonia, lo que optimiza la eficiencia de las tareas. En conjunto, estos rasgos configuran dos casos paradigmáticos: de coevolución (hormiga-hongo) y de convergencia funcional (hormiga-Homo sapiens).
La hormiga practica la agricultura por instinto: su conducta está escrita en sus genes. El ser humano, en cambio, lo practica de manera racional y adquiere ese comportamiento a través de la cultura. La naturaleza siempre sorprende con sus “enseñanzas”. El comportamiento de estas hormigas demuestra que la cooperación en las especies sociales (el Homo sapiens es una de ellas) no solo fortalece a la colonia, sino que garantiza la supervivencia individual. El bienestar de cada individuo depende del éxito colectivo. Como diría Juan Salvo, el protagonista de El Eternauta, la obra maestra de Héctor Germán Oesterheld: “Nadie se salva solo”.
Profesor emérito de la Universidad Nacional de La Plata, académico de número de la Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria
Comentarios
Deja tu comentario