“Oro verde”: el poder de la naturaleza para regular el sistema nervioso y el funcionamiento del cerebro
Aspirar el perfume de flores frescas calma los nervios, tocar madera baja la presión arterial y contemplar la ...
Aspirar el perfume de flores frescas calma los nervios, tocar madera baja la presión arterial y contemplar la naturaleza estimula la actividad del cerebro. ¡90 minutos de caminata en medio del verde hacen milagros! Salir al parque ya no es un pasatiempo: es una necesidad biológica con respaldo científico. Los poetas, los sabios y los místicos lo supieron siempre. Wordsworth nos hacía señas desde su “esplendor en la hierba”; Octavio Paz nos avisó que “todo es viento y el viento es aire siempre de viaje” y John Keats nos recordó que “no cesa la poesía de la Tierra jamás”.
A uno de los grandes nombres de la literatura americana del siglo XIX, Henry David Thoreau, lo llamaron el filósofo de los bosques y tuvo gran repercusión en 1854 cuando publicó Walden, un ensayo donde cuenta los dos años que pasó solo con su alma en medio de la naturaleza, experiencia intensa y casi íntima que luego complementa con más de 200 poemas. ”No puede haber una melancolía realmente negra para el que vive en medio de la naturaleza y goza de sus sentidos”, decía.
12 preguntas sencillas para hacer una vez en la vida con los padres
No hace tanto, sin embargo, nos enteramos de que abrazar árboles es mucho más que un cursi berrinche hippie. Y que perder la mirada en prados y bosques mejora el rendimiento intelectual y nos recupera más rápido de situaciones de estrés. No ha sido un camino fácil, ya que fue necesario –y lo es aún– barrer con muros de prejuicios, como los que acusaban de pseudociencia las intuiciones que cultivaban nuestros ancestros y que hoy el laboratorio da por buenas y difunde en sesudos artículos en revistas especializadas.
Una exposición intensa a la naturaleza no solo hace “sentir bien”, sino que produce cambios medibles y consistentes en la actividad cerebral, el estrés y la atención, efectos que se alcanzan por acercamiento físico a través de todos los sentidos, o –aunque en menor medida– a través de imágenes, videos. Con el electroencefalograma se advirtió cómo aumentaba la actividad alfa frontal, lo que denota relajación y atención centrada en lo interior, disminución del pensamiento rumiante, baja del estrés y facilidad para entrar en estados meditativos en pocos minutos.
Mientras que hacer actividad física al aire libre mostró un aumento de la creatividad de los participantes en las pruebas, una caminata de 90 minutos neutraliza el pensamiento rumiante, lo que no ocurre al hacer lo mismo en la ciudad.
Estos resultados fueron publicados este año en la Neuroscience and Biobehavioral Reviews en base a 108 estudios de la Universidad de Sussex, la Universidad Adolfo Ibáñez de Chile, el departamento de la Ciencia del Cerebro del Imperial College de Londres, la Universidad de Oxford y el departamento de Psiquiatría de la Universidad de Montreal.
También se demostró que bastan entre ocho y 15 minutos al aire libre para medir los efectos benéficos, que aumentan –claro está– si el paseo es más largo y se hace con regularidad. Y, confirmando a Buda, hay algo muy sorprendente: los patrones cerebrales que aparecen durante la exposición a entornos naturales son notablemente parecidos a los que se observan en personas que meditan. Los autores de estos estudios consideran a la naturaleza como un regulador natural del sistema nervioso.
De la teoría al jardínOtra autoridad en la materia es la bióloga inglesa Kathy Willis, catedrática de biodiversidad de la Universidad de Oxford, Inglaterra, y autora de Las bondades de la naturaleza (Salamandra). Su obra recoge e interpreta asimismo estudios clínicos de primer orden, desarrollados con técnicas de investigación avanzadas (biobancos, sensores medioambientales satelitales, etc.), grupos de ensayo y pruebas de imágenes de alta complejidad, para explicar con lujo de detalles cómo afecta física y mentalmente la interacción de los sentidos de la vista, el oído, el olfato y el tacto con la naturaleza.
La catedrática comenzó su carrera en paleoecología, una especialidad que estudia la evolución de la vegetación a través de los restos fosilizados de plantas; estudió Ciencia Ambiental en la Universidad Southampton; se doctoró en Cambridge y fue directora científica del Real Jardín Botánico de Kew, en Londres. Desde hace casi 30 años da clases en Oxford, donde fundó el Instituto de Biodiversidad. Autora o coautora de más de 300 publicaciones científicas, suele pronunciar una frase contundente que inquieta bastante: “Cuando desaparezcamos como especie, la naturaleza seguirá. Ya era feliz sin nosotros”.
Confiesa que, aunque investigaba la biodiversidad desde hacía mucho en el microscopio, fue el tiempo transcurrido en el Real Jardín Botánico lo que la sumergió de lleno en el mundo verde, porque estaba rodeada de plantas vivas. Césped, parques, jardines, invernaderos eran el planeta vegetal que la rodeaba y respiraba en cada break del mediodía.
Lejos de la teoría, era una realidad palpable, perfumada y llena de matices. “Noté que luego de esos paseos volvía a mi escritorio más feliz, más serena y con la mente despejada”. Su experiencia como madre fue la frutilla del postre: sus tres hijos, pequeños diablillos, se convertían en dóciles querubines cuando jugaban un rato entre los árboles del parque. “La naturaleza no era la asignatura académica que había estudiado. Era la vida, una escuela”.
Entre los primeros estudios que le llamaron la atención está el que publicó, en 1984, la revista Science. Revelaba que los pacientes operados de vesícula biliar que veían árboles desde su cama se recuperaban antes que aquellos que miraban una pared de ladrillo, requerían menos analgésicos y experimentaban un posoperatorio en mejor estado psíquico.
Los autores iban más allá y concluían que la mera visión de las plantas tiene un efecto positivo en la salud de los enfermos. Se dio cuenta de que “la biodiversidad no es solo algo bonito. Es esencial”.
Kathy Willis reconoce a Japón como pionero en esta cruzada con sus shinrin-yoku o baños de bosque, que nacieron como campaña de marketing en 1980 para atraer gente a los numerosos parques que hay en ese país, pero desde entonces se los prescribe como parte de muchos tratamientos médicos. Aclaremos, en Japón.
En el resto del mundo hubo que esperar unos 10 años para que se diera crédito a las pruebas de cuánto agradecería nuestra salud ese hábito saludable. Las investigaciones niponas decían que 15 minutos de caminata por un bosque provocaban una reducción del cortisol –la principal hormona del estrés– de hasta un 16% en la saliva de las personas de la muestra, más una disminución en el pulso y la presión arterial.
Estos resultados bastante impactantes validaron el baño de bosque y dieron pie a seguir trabajando en la misma senda no solo en Oriente sino también en Europa y Estados Unidos.
La bióloga inglesa afirma que el perfume de rosas calma y aconseja llevar en el coche aroma destilado de esas flores porque disminuye la rabia, y confiesa que usa por las mañanas aceite esencial de ciprés o cedro para serenarse y fortalecer el sistema inmunitario; hacer remedios a base de plantas no es nuevo, pero nunca hubo tantas certezas sobre sus milagrosos efectos sobre la salud.
El aroma que desprenden las coníferas, los pinos y especialmente el ciprés, debido a los terpenos que contienen, penetra directamente con sus moléculas por las vías respiratorias y propicia la producción de las células asesinas naturales (o células NK) que nos defienden del cáncer y los virus. Esto surge de un estudio que realizó la Escuela de Medicina Nipona de Tokio. Entre las fragancias que despiden los terpenos están el de pino, todos los cítricos, la lavanda, el romero, la menta, los pétalos de rosa, el cedro, el ciprés y el enebro. El olor que desprende el limón, por su parte, alivia los síntomas del asma y la inflamación de las vías respiratorias.
Como un ansiolíticoSolo sentarnos tranquilamente a contemplar el verde de la naturaleza basta para provocar cambios en la actividad cerebral y en las hormonas que nos hacen bajar varios cambios en apenas 90 segundos. Pasear por un bosque de pinos aumenta la concentración de pineno en la sangre y actúa como si uno tomara un ansiolítico. Gracias a la información recogida por los biobancos del Reino Unido se supo que cuanto más verde es el entorno donde uno está, menos depresión hay. Aún con diferencias de estatus social, diferencias culturales y edad, la incidencia del diagnóstico y tratamiento de trastornos mentales resulta ser menor cuanto más verde el entorno donde uno vive.
Willis refiere un estudio como revelador de la relación de las enfermedades que puede padecer una persona según el ambiente en el que vive. Se hizo a partir de una plaga de barrenador esmeralda del fresno que se extendió por dos años a principios de este siglo en gran parte de los Estados Unidos. Exterminó cerca de 100 millones de fresnos. Se cotejó luego este episodio con los registros de salud pública geolocalizados para cada condado y encontraron que había un incremento de 21.000 fallecimientos humanos por enfermedades respiratorias y cardiopatías con respecto a la media habitual de decesos.
Tantas veces se ha visto que se colocaban bolsitas con flores o semillas de lavanda en la funda y en la almohada. Bueno, resulta que no era una pavada de la abuela. Hace unos pocos años un equipo de la Universidad Nacional Yang-Ming de Taipei midió la actividad cerebral de personas sanas mientras dormían durante dos noches distintas: en una se liberó aroma de lavanda en el aire, en la otra, solo agua en spray. Ninguno de los grupos sabía cuándo se había liberado la esencia. El resultado fue que los que fueron sometidos a la lavanda registraron períodos más largos de buena calidad de sueño (ondas delta) que de sueño interrumpido y de menos calidad (ondas alfa).
La fragancia que desprende el romero, su esencia y su aceite, en cambio, despejan la mente. Esto se comprobó con un experimento equivalente en la Universidad de Ciencias Médicas de Biryand, en Irán. Impregnaron con este perfume los barbijos de médicos que hacían el turno de noche, junto a otro grupo, en cuyos barbijos se roció agua. Los primeros soportaron mejor la vigilia que los segundos.
Otro de los sentidos de alto protagonismo en esta danza de interacciones y beneficios es el oído. No solo los participantes de los estudios que menciona Willis encontraron los sonidos que se escuchan en el aire libre más relajantes y agradables que los urbanos. Fueron capaces de discernir: el canto de las aves (mirlo, petirrojos, pinzones, herrerillos) es percibido con mejores cualidades reparadoras, seguido del ruido del agua (en arroyos, ríos y playas) y el murmullo del viento entre los árboles. Pero aún hay más: expertos de la Universidad de Lund, en Suecia, llegaron a la conclusión de que nos recuperamos más rápido del estrés cuando oímos sonidos de la naturaleza que cuando la contemplamos. Y más velozmente aún si mezclamos los sonidos con el aroma a hierba. Increíble y maravilloso a la vez.
Pedagogía verdeEn España, la filósofa y pedagoga asturiana Heike Freire sigue los pasos de Willis, fomenta el contacto con lo vivo y pregona que esta relación ayuda a los niños a crecer más sanos y comprometidos con proteger la naturaleza que nos rodea. Creadora de la que se conoce como pedagogía verde, Heike Freire lleva años militando por los derechos infantiles, es fundadora de distintos colectivos que reivindican el derecho al aire libre y acaba de publicar Educar en verde: cómo superar el déficit de naturaleza y cultivar el amor a la Tierra (Paidós, 2026). Asegura que estar en contacto con la naturaleza, respirando con ella en plena conciencia, nos “reconecta con lo esencial y lo primario, nos vuelve más creativos y aporta felicidad”.
¿Pueden ser amigos un hombre y una mujer? La ciencia revela la verdad sobre esta relación
“La falta de orientación hacia la naturaleza –dice Freire– es la pérdida más grande para un ser vivo, niño o adulto, porque sin ese vínculo con lo natural no nos desarrollamos plenamente. Llevamos ritmos tan locos, tan dirigidos a la producción, que nos producen estrés y ansiedad. Esto ocurre también en los chicos. La naturaleza relaja el sistema nervioso del adulto, pero aún más el del niño. Los ayuda a ser más resilientes frente al frenesí cotidiano, el estrés de pasar un examen o de vivir la separación de sus padres”.
Pero algo muy importante que dice la filósofa y pedagoga Heike Freire y a lo que se debería prestar máxima atención en esos tiempos “enredados” es que el cuerpo a cuerpo con el aire libre potencia la atención, que es “la energía vital más importante del ser humano. Donde ponés tu atención, ponés todos tus recursos”.
Richard Louv es un periodista y educador ambiental estadounidense, autor de varios libros y cofundador y presidente emérito de la Children and Nature Network, una organización que fomenta el contacto de la sociedad con la naturaleza. En su obra El último niño en el bosque, Richard Louv refiere que el aumento de estrés, ansiedad y depresión en niños y adolescentes está siendo tratado con un bombardeo de psicofármacos, cuando abundan las investigaciones que señalan que una de las causas preponderantes de estos trastornos puede estar en la falta de contacto con el mundo natural. Y dice que corretear por el bosque todos los días fue su propio Ritalin (haciendo referencia al famoso fármaco para tratar el déficit de atención), porque ese mundo silvestre y al aire libre lo calmó, lo centró y le exaltó los sentidos.
Por todo esto, la bióloga Kathy Willis sugiere “prescribir naturaleza” en su libro, no solo por su alto índice de beneficios, sino también porque es más agradable y de muchísimo menos costo. Cuenta que ahora tiene en su casa difusores de lavanda en el dormitorio, de romero en el estudio y de aceites de hinoki y cedros en otros dos cuartos. Propone no esperar a que el lugar donde uno reside disponga de más espacios verdes, sino que hay que salir en busca de ellos y tomar decisiones individuales en línea con lo que revelan los últimos estudios.
Algunas escuelas del Reino Unido, por ejemplo, hacen de la jardinería una actividad semanal, siempre y cuando se la tome como algo divertido y para disfrutar, y no que se sobrecargue con exámenes y teorías que suman tensión. Estudiosos de la Universidad de Tokio han probado que hundir las manos en la tierra, meter semillas y sacar las hojitas secas redunda en menor incidencia de depresión, ansiedad y estrés, menos fluctuaciones de ánimo, funciones cognitivas mejoradas, baja de la presión y hasta del índice de masa corporal. Todos beneficios que no solo se constatan en sanos, sino también en personas con enfermedades preexistentes.
Lo mismo vale para la horticultura, cuyos beneficios en el tratamiento del estrés corporal grave han sido muy analizados y probados en la Universidad de Copenhague, que tiene un jardín de terapia natural de una hectárea y media llamado Nacadia. Acá se ve la importancia del sentido del tacto, que también fue estudiado en relación con la madera. El Instituto de Investigación Industrial de Shizuoka, en Japón, probó la diferencia entre tocar madera natural y tocar un material manufacturado. En este último caso se detectó un aumento de la tensión arterial y el pulso de los participantes, y en otra prueba, donde se entraba en contacto con mármol, arcilla y acero y, por otro lado, madera de roble. Los que tocaban esta última con la palma de la mano experimentaban una relajación fisiológica y psicológica, resultado idéntico al que se logró cuando se les pidió que pisaran con la planta de los pies esos materiales. Pues, señores, ¡a caminar descalzos sobre el piso de madera!
Nada que no se supiera, ni nada que estuviera más cerca. Ya lo decía Zenón de Citio, que creó la escuela estoica en el siglo IV a.C., cuando explicaba que sintonizar con la naturaleza era el camino para desarrollarse como persona. Así como ellos, hubo muchas voces a lo largo de los siglos, pero desatendidas o acalladas por toneladas de cemento y ruidos estridentes. Tenemos una farmacia a la mano, la que nos provee la tierra con infinita y desinteresada generosidad. Aromas, colores, sabores, texturas…
“La naturaleza me nutre, me arrulla de la manera más necesaria, parece como si la paz y el alimento del cielo se filtraran sutilmente en mí, aquí en la soledad de la naturaleza. Las pasiones perturbadas y el conflicto febril se calmaron, mi cuerpo se vuelve tranquilo y fresco, mi espíritu cuerdo o enfermo está aquí tan cerca de la paz como puede estar, todo es paz aquí” . Palabras de Walt Whitman (1819-1892).
Comentarios
Deja tu comentario